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Tema 3: ¿Porqué venimos al grupo juvenil?

Aquí les acerco un tema para trabajar sobre la fe, o sobre el sentido del grupo juvenil.

MOTIVACION: Lectura del cuento “Las huellas del camello”.

Preguntas para plenario:

  • ¿De qué hablaba el cuento?
  • ¿Nosotros en quién creemos?
  • ¿Necesitamos de huellas nosotros para creer?

TEMA: “El porqué de las cosas”

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Cuáles son las huellas que debemos seguir hoy aquí en Roca?
  • ¿Para qué las seguimos?
  • ¿Qué me da el grupo juvenil?
  • ¿Qué deseo conseguir en el grupo juvenil?

DISCERNIMIENTO DE LA EXPERIENCIA:

  1. Leemos Jn. 15, 12-17.
  2. Compartimos lo que nos llegó al corazón de la lectura.
  3. Cerramos rezando un Padre nuestro.


ANEXO

Las huellas del camello

Un ingeniero, muy inteligente, experto en cuestiones petroleras, había sido destinado en la zona de Arabia Saudita, cerca del Golfo Pérsico. Este ingeniero inglés había sido enviado a aquella región en una comisión investigadora. Y para ayudarlo habían destinado todo un equipo, entre los cuales estaban varios árabes que cargaban en sus camellos los aparatos, las carpas y todo lo necesario para que este ingeniero, con su pe­queño equipo, pudiera llevar exitosamente adelante su trabajo. Estos ocho o diez camelleros árabes eran por supuesto mahometanos. Es decir musulmanes, adoradores de Alá. El islamismo es una de las gran­des religiones monoteístas que adoran a un solo Dios. Hombres de gran piedad, de gran sabiduría. Hombres del desierto.

Todas las tardes, cuando se estaba por poner el sol, los árabes salían de sus carpas y mirando haciala Meca, ciudad para ellos muy importante, se arrodilla­ban en el suelo, se inclinaban con la cabeza hacia ade­lante hasta la arena y se quedaban rezando. Después se levantaban y seguían su vida normal. Por la maña­na, al salir el sol, volvían a hacer lo mismo. Se ponían cara al sol, se descalzaban, se arrodillaban, inclinaban la frente contra la arena, rezaban, adoraban a Dios y después seguían su vida ordinaria.

El científico, que era ateo y no creía ni en Dios ni en el diablo, ni en nada que él no pudiera medir, contro­lar o verificar con sus aparatos, se dirigió al jefe de los árabes que parecía el más religioso y le dijo:

- Ibrahim Abdulá ¿qué hace usted a la tardecita y por la mañana cuando se arrodilla y toca con la frente la arena?

El árabe lo mira muy serio, no sabiendo si este cientí­fico lo está tomando en broma y le dice:

- ¿Cómo, no sabe lo que hago?

- No. Pero me resulta muy gracioso lo que hace.

- Yo adoro al Dios único, creador del cielo y de la tie­rra, el Misericordioso. Adoro a Alá.

- ¿Y quién es Alá?

- Alá es Alá. Dios es Dios. El Único. El que creó todo esto que vemos.

- ¿Y cómo sabe usted que existe Alá? ¿Lo ha visto al­guna vez?

- No, no lo he visto. Pero yo veo sus cosas, veo la sali­da del sol, veo el atardecer, veo las estrellas, veo sus huellas por todas partes.

- Ésa es una imaginación suya. Usted lo que ve es el sol, la luna, el desierto, las estrellas, los camellos. Eso ve. Pero eso es objeto de la ciencia, no de la religión. Usted es un ignorante al estar creyendo en cosas que jamás ha visto ni ha podido verificar o controlar.

- Bueno -dijo el árabe- pero a veces hay ciertas cosas que uno no ve, pero por las huellas que deja, percibe su presencia. Yo veo las huellas de Alá, de Dios, en to­das partes.

- Eso es fruto de la ignorancia -dijo el científico-. Es creer en cosas que le han dicho. Cosas que usted cree sin haberlas visto. A mí la ciencia me ha enseñado a creer sólo en lo que veo o puedo constatar.

El árabe calló. Al día siguiente el científico se levantó temprano y notó algo sospechoso cerca de las carpas donde ellos habían estado por la noche. Por allí había pasado una caravana. ¿Sería una caravana amiga o enemiga? Se veían las huellas en la arena y además algunas bostas frescas de camellos. Muy intrigado, el científico lo llama a Ibrahim Abdulá y le dice:

- ¿Usted ha sentido el paso de una caravana anoche?

Y el árabe, que la había sentido muy bien, y sabía de qué se trataba, respondió:

- No, yo no he visto nada.

- ¿No se da cuenta que ha pasado por aquí una cara­vana de hombres y camellos?

- No, yo no sé nada —responde el árabe— no creo que haya pasado alguien, porque ni yo ni usted hemos vis­to nada.

- Cómo que no cree? ¿Es que no ve las huellas de las pisadas y la bosta fresca?

- Sí -dice Ibrahim— veo unas huellas en la arena y bosta fresca. Nada más.

- Si usted fuera inteligente tendría que sacar la con­clusión evidente.

- Señor ingeniero, realmente no lo comprendo.

- ¿Qué tiene que comprender? No se da cuenta que…

- Sí. No comprendo cómo usted cree en una caravana que no ha visto, simplemente fiándose de una bosta fresca que encuentra en el desierto, y no admite que yo crea en el Dios todopoderoso de quien veo sus hue­llas por todas partes. En el cielo, en la tierra, en el desierto, y hasta en usted mismo. Usted dice que no cree sino en lo que ve, pero cree en una caravana que no ha visto, fiándose simplemente de una bosta fresca de camello, y no admite que yo crea en el Dios todopo­deroso que creó el cielo y la tierra, fiándome en tantí­simas cosas que veo y que me demuestran que Dios por aquí ha pasado, que Dios vive y es todopoderoso.

Es una mentira cuando decimos que creemos sólo en lo que vemos. Nadie de nosotros ha visto que San Martín cruzara los Andes, y sin embargo sería estúpido negar este hecho. Y ¿por qué lo creemos? ¿Lo hemos visto? No, no lo hemos visto. ¿Pero hemos visto las huellas de su ejército? No, tampoco. ¿Nos lo contó al­guien que lo vio? No, porque hace tiempo que ya mu­rieron todos los que lo vieron. Sólo hay algunos escri­tos, algunas documentos que nos lo aseguran… y ade­más disfrutamos de sus consecuencias como son la in­dependencia de Argentina, Chile y Perú.

Y al igual que este ejemplo existen tantísimas cosas en las que creemos. Yo creo que soy hijo de mis padres y personalmente no necesito un ADN para saberlo. Tengo fe en la honestidad de mi mamá.

No es cierto, ni es sincero decir que sólo se cree en lo que se ve o se puede constatar. Muchísimas cosas nun­ca las podremos probar o constatar, y sin embargo se­ría muy poco inteligente no creerlas.

Espero les guste y sirva.

Nos vemos en la próxima entrega.

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